Cuando los padres de Pedro Porro volvían a Don Benito después de dejar a su hijo en Madrid, tuvieron que parar el coche para echarse a llorar. Su madre, Eva, recuerda que fue al llegar a una rotonda conocida como la Bola del Mundo. El chico se había quedado solo en la capital para incorporarse a la cantera del Rayo Vallecano. Era una oportunidad de oro para hacer lo que más le gustaba, pero también significaba marcharse de casa con solo 14 años y aprender a vivir lejos de su familia.
Su abuelo también recuerda aquella separación como algo traumático: "Lo llevamos a Madrid. Es muy difícil dejar a un chico de 14 años solo en Madrid". Incluso el propio Porro describe su marcha de Don Benito como uno de los momentos más duros de su vida. Para entender del todo lo que suponía despedirse de su familia hay que volver unos años atrás, a una infancia en la que sus abuelos tuvieron un papel fundamental. Mientras sus padres trabajaban, eran ellos quienes se ocupaban de él.
Porro lo explicó en una entrevista: su madre trabajaba en Mercadona y su padre, en lo que le iba saliendo. Cuando ella tenía que irse a trabajar de madrugada, lo llevaba a casa de su abuela. "Mis abuelos hicieron esa labor también de padre y madre cuando no estaban los míos", recordó. El futbolista habla abiertamente de las dificultades de aquellos años: "En casa hemos sufrido mucho económicamente". Y, cuando cuenta cómo pudo seguir jugando al fútbol, vuelve una y otra vez a su abuelo Antonio, quien siempre buscó los medios para llevarlo donde hiciera falta.
Mucho antes de que apareciera la oportunidad del Rayo, Antonio le compró sus primeras botas de fútbol sala y lo llevaba a entrenamientos y partidos en su coche. También tenía su particular sistema para premiarlo: un caramelo y un euro por cada gol. El problema, según contó, era que su nieto podía marcar cinco, seis o siete en una tarde y dejarlo sin dinero. Los fines de semana recogía espárragos y tubérculos que después vendía para poder seguir cumpliendo lo prometido.
Al recordar su infancia, el jugador destaca precisamente el esfuerzo de su abuelo por acompañarlo incluso cuando la situación económica no lo ponía fácil. Entre los recuerdos que conserva hay uno que explica esas dificultades sin necesidad de hablar de cifras. Durante un torneo en Alcobendas, sus padres y sus abuelos durmieron en el vehículo para poder verlo jugar a la mañana siguiente. Porro se enteró después del partido: "No se me olvida", dijo.
Después de marcharse a Madrid, llegaron el Girona, el Valladolid, el Sporting de Portugal y el Tottenham, una trayectoria que fue alejándolo para siempre de los campos extremeños por los que Antonio lo había llevado de pequeño. También hubo asuntos que quedaron pendientes por el camino. Porro contó que, al trasladarse a Madrid, dejó sus estudios de la ESO y que más adelante volvió a retomarlos en una escuela de adultos. Entrenaba por la mañana y acudía a clase por la tarde. Sacarse la educación obligatoria era importante para él y los valores que le había transmitido su familia.
Ahora Porro quiere devolverle aquel cariño y el esfuerzo a los suyos. Antonio, por su parte, contó que lloró cuando su nieto debutó con el Tottenham en 2023. Sin embargo, al elegir aquello que más orgullo le produce, se queda con algo mucho más personal: que Pedro lo abrace. Después de tantos viajes para acompañarlo y de aquel regreso a Don Benito sin él, el abrazo sigue siendo la forma de sentirlo cerca.
Fotos | @pedroporro29_
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